Revista de escultura pública ISSN 1988-5954

Háblame de la escultura

Por Mónica Ruiz Trilleros

 

El escultor José Luis Sánchez ha fallecido en su casa de Pozuelo de Alarcón a los 91 años, rodeado de su familia más allegada, dejando un inmenso legado: su obra. Quizá su nombre y apellidos deje indiferentes a más de uno; su escultura lo dice todo. Es sugerente y armónica, nos transporta a la sencillez que conlleva la grandeza de un trabajo perfectamente ejecutado. Con su deseada y lograda integración de las artes nos ameniza y embellece, en definitiva, nos enriquece la vida. Escultura de formas rotundas y honestas con las que consiguió la humanización del arte, materializando así lo soñado desde niño en su Almansa natal (1926). 

Aunque de formación artística independiente y autodidacta, el asistir a las clases que Ángel Ferrant impartía en la Escuela de Artes y Oficios de Madrid, a donde se trasladó en 1935, fue determinante en su dedicación a la escultura. En los años 50 varias becas le permitieron compulsar lo que se hacía fuera de una España entonces muy oscura. En Roma descubre el clasicismo y el renacimiento, en París el apogeo de las vanguardias y en Milán el mundo del diseño. Todo ello determina su trabajo posterior. Pronto encamina su quehacer hacia una integración de la escultura en la arquitectura tanto en el ámbito religioso como civil y en su adecuación al entorno urbano. La enumeración de su obra sería muy prolija; lo mismo sucede con su incesante actividad expositiva. Destacaríamos la que tuvo lugar en el Ateneo de Madrid en 1955; la antológica en el Palacio de Cristal del Retiro de 1981, que, como le gustaba decir: “tuvo lugar entre dos grandes: Chillida y Henry Moore”; la titulada Referencias en la Sala de Bóvedas del Centro Conde Duque en 1998; Trayectoria de un escultor en 2010 y un largo etcétera. A nivel internacional expuso en Salzburgo, París, Nueva York, Helsinki, Budapest... 

La misma intensidad y entusiasmo dedicó José Luis Sánchez a la defensa de la escultura. De sus años dedicados a la enseñanza tuve la suerte de asistir a las clases que impartió en el Taller de Vaciados de la Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid, de la que era académico numerario desde 1987. Aquí nos transmitió lo nunca aprehendido, lo que no está en los libros, primero a ver y tocar la escultura y en segundo lugar a amarla, revelándonos así el complejo proceso de creación que entraña. Una escultura diseñada y trabajada con esfuerzo y dedicación. Precisamente con ese compromiso construía sus obras, adecuándolas al entorno. Realizó numerosas esculturas y relieves que encontramos en iglesias de Madrid como la de Santa Ana, la parroquia de San Fernando, las Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús, etc. Igualmente podemos acercarnos a la escultura que se encuentra a pie de calle, como la de la Plaza de Colón, alzar la vista hacia los relieves que recorren El Corte Inglés, traspasar las magníficas puertas de 
Altadis en la Calle Eloy Gonzalo, contemplar, Océana, la monumental escultura de acero inoxidable del Ministerio de Economía y Hacienda y disfrutar de las melódicas Puertas de la Fundación Albéniz. Antecedente en unos casos y prolongación en otros, además de extraordinarias esculturas nos brindó sutiles acuarelas y dibujos de sus años becados en el extranjero; así como cerámicas de sus primeros trabajos con Arcadio Blasco en el que luego sería el Museo de América de Madrid, en estrecha unión con la que fue su esposa, hija del ceramista Pierre Canivet, Jacqueline. Esta misma pasión por la escultura se palpa en su exquisito trabajo como diseñador de objetos de menaje del hogar, lámparas, mesas, candeleros, ceniceros, hasta un ajedrez, galardonado con Delta de Oro. Incluso se atrevió con las joyas, esas pequeñas esculturas para el cuerpo, toda una delicia. Resulta sencillo comprender que una de sus hijas, Paloma Canivet, haya seguido la estela del diseño marcada por su padre. 

José Luis Sánchez 
sencillo y entrañable 
memoria envidiable 
creador incansable 

Toda una lección de vida, de amor por la escultura que marcó la mía.

Fotografías gentileza de Mónica Ruiz Trilleros



 

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